sábado, 20 de junio de 2015

LA PRIMERA VEZ QUE

                                               LA PRIMERA VEZ QUE
La primera vez que me senté ante una página  en blanco, fue tras la cena de Nochebuena de un año cualquiera.
La tarde había transcurrido dentro de la normalidad del día, la alegría reinante incitaba a disfrutar y contagiaba al espíritu. Olentzero, trikitixa, regalos, niños y alguna lágrima cuando éstos eran acercados al barbudo personaje.
La fiesta del Carbonero terminó, y a la vez que los mocosos se retiraban con sus regalos, otra fauna  formada por adultos de ambos sexos tomaba las calles. Ese par de horas mágicas donde abrazas a tus amigos, les deseas lo mejor, y como  rosario se van descolgando hacia sus iluminadas viviendas, para  pasar con los suyos las siguientes horas.
Me quedé con él, los dos vivíamos junto aquella la plaza repleta de bares. Compartimos el último trago  en silencio, brazo sobre hombro  después de haber brindado y  dentro de una burbuja de intimidad. Nos felicitamos por encima  de la algarabía.
La cena, en casa con mi esposa, como siempre. Un hijo nos acompañaba; el otro seguía ese mismo  rito en casa de sus suegros. No hay nietos, poco ruido. La noche iba desgranando las horas tras el pesado ágape, y tras animada conversación, esta fue decayendo, y con ella las primeras ausencias del salón.
Me quedé solo, salí al balcón y  valoré la felicidad de mis vecinos por las luces que aprecié encendidas. Miré a su casa y estaba plenamente iluminada; buena señal--pensé. Volví  al sofá, e inicié un zapping a la caza de algún programa que me relajara en estas horas de  incomoda  digestión. Me dormí,” siempre me duermo”, y entre sueños me pareció oír el canto del  teléfono, presté atención, pero la llamada no se volvió a repetir,  “falsa alarma” --pensé.
El sopor se volvió a apoderar de mí, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez exige mi atención.
Descolgué con impaciencia, no quiero que  se despierte la casa. Tras la línea, sollozos y dos palabras arrancadas del alma  de su esposa. “! Ha muerto!”.
Volví  al balcón y escudriñé su casa de nuevo. Las luces seguían encendidas y se apreciaba movimiento tras las cortinas, abatí la mirada y ante su puerta arrancaba  ya el coche fúnebre camino del tanatorio.
Me metí en la cama, sabía que la viuda estaba acompañada por su familia, no pude dormir. No había forma de digerir  semejante  tragedia. Miré el reloj  y éste marcaba  las 6 de la mañana. No habían pasado diez horas desde su último abrazo y  aquel sonoro “Egu Berri On” lleno de vitalidad.
Me incorporé, con la casa a oscuras para respetar el descanso  familiar, llegué al ordenador.
 Y  con la  propia luz de la pantalla, comencé a  escribir, como terapia para mí  afligido ánimo ---
                                                                                                                                                             Enrike Lodeiro

                                                                              --FIN--