La primera vez que volé en sueños fue una sensación cotidiana; simplemente tenía interés en llegar pronto a no sé qué lugar y de forma natural y espontánea, con un ligero salto hacia arriba e inclinando la cabeza hacia delante, me quedé suspendida en el aire.
Era como si me hubiera sumergido en un medio espeso y poco a poco rompiendo la inercia de mi quietud, fui moviendo los brazos para ir avanzando, cada vez un poco más rápido y un poco más alto, hasta fluir sin apenas rozamiento, acariciada tan solo por una ligera brisa.
El problema vino después, cuando al despertar no pude discernir entre la realidad y el sueño. Es más, aún pienso que volar es una facultad natural, al menos en las mujeres de mi familia. Mi abuelo decía que su mujer y su hija, “eran mujeres de altos vuelos” y que habitualmente estaban en las nubes, porque nunca tenían los pies en la tierra.
Hoy, aquí, en la cima del Txarlazo, con la ciudad de Orduña a mis pies voy a poner a prueba mis facultades.
Si por cualquier motivo falla el parapente, caeré soñando que vuelo.
Henar.-
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