LA
PRIMERA VEZ QUE
La primera vez que me senté ante una página en blanco, fue tras la cena de Nochebuena de
un año cualquiera.
La tarde había transcurrido dentro de la normalidad del día,
la alegría reinante incitaba a disfrutar y contagiaba al espíritu. Olentzero,
trikitixa, regalos, niños y alguna lágrima cuando éstos eran acercados al
barbudo personaje.
La fiesta del Carbonero terminó, y a la vez que los mocosos
se retiraban con sus regalos, otra fauna formada por adultos de ambos sexos tomaba las calles.
Ese par de horas mágicas donde abrazas a tus amigos, les deseas lo mejor, y
como rosario se van descolgando hacia
sus iluminadas viviendas, para pasar con
los suyos las siguientes horas.
Me quedé con él, los dos vivíamos junto aquella la plaza
repleta de bares. Compartimos el último trago
en silencio, brazo sobre hombro después de haber brindado y dentro de una burbuja de intimidad. Nos
felicitamos por encima de la algarabía.
La cena, en casa con mi esposa, como siempre. Un hijo nos acompañaba;
el otro seguía ese mismo rito en casa de
sus suegros. No hay nietos, poco ruido. La noche iba desgranando las horas tras
el pesado ágape, y tras animada conversación, esta fue decayendo, y con ella
las primeras ausencias del salón.
Me quedé solo, salí al balcón y valoré la felicidad de mis vecinos por las
luces que aprecié encendidas. Miré a su casa y estaba plenamente iluminada;
buena señal--pensé. Volví al sofá, e
inicié un zapping a la caza de algún programa que me relajara en estas horas de
incomoda digestión. Me dormí,” siempre me duermo”, y
entre sueños me pareció oír el canto del teléfono, presté atención, pero la llamada no
se volvió a repetir, “falsa alarma” --pensé.
El sopor se volvió a apoderar de mí, el teléfono sonó de
nuevo. Esta vez exige mi atención.
Descolgué con impaciencia, no quiero que se despierte la casa. Tras la línea, sollozos
y dos palabras arrancadas del alma de su
esposa. “! Ha muerto!”.
Volví al balcón y
escudriñé su casa de nuevo. Las luces seguían encendidas y se apreciaba movimiento
tras las cortinas, abatí la mirada y ante su puerta arrancaba ya el coche fúnebre camino del tanatorio.
Me metí en la cama, sabía que la viuda estaba acompañada por
su familia, no pude dormir. No había forma de digerir semejante tragedia. Miré el reloj y éste marcaba las 6 de la mañana. No habían pasado diez
horas desde su último abrazo y aquel sonoro
“Egu Berri On” lleno de vitalidad.
Me incorporé, con la casa a oscuras para respetar el
descanso familiar, llegué al ordenador.
Y con la
propia luz de la pantalla, comencé a
escribir, como terapia para mí
afligido ánimo ---
Enrike
Lodeiro
--FIN--
A pesar de la tristeza del relato he de decir que me ha encantado Enrique.
ResponderEliminarMuestras perfectamente como valoramos muchas veces por las apariencias, e incluso algunas veces sintiendo algo de envidia, cuando la realidad es completamente diferente. Además creo que somos muchos los que comenzamos en este mundo de las letras escribiendo nuestros sentimientos, la verdad es que es una muy buena terapia, y luego le cogimos el gustillo.
lo dicho, que me ha encantado, solo espero que no sea real por lo triste de la situacion.
un saludo
Tampoco me ha dejado indiferente Enrique. Triste relato, que consigue trasmitir sentimientos...
ResponderEliminar